viernes, enero 11, 2013

Febrero


En medio de mi soledad sedienta,
boca abierta en aridez de letras.
Sedienta del agua de las cavernas de tus lunares marrones,
fuente siempreviva que se escurre por el dorso izquierdo de tu alma.
En esta honda soledad,
tan silenciosa, tan magra;
soledad de vidrios rotos,
tarde con hedor a cloroformo,
toco la yema de tu rancia voz;
mientras los zapatos heridos caminan los recuerdos de arena de mar.
En el fondo Silvio Rodríguez entona una pequeña serenata diurna para la noche y su vestido rojo que se desnuda de luna.
Sueño diurno que se abre, mudo.
Mis labios saben a sal.
Mis lágrimas se hacen travesía por entre las líneas de este poema.
Miro a través de la ventana los faros encendidos de tus ojos profundos.
Sur en brasas, atiza la llama de este abismo.
Maldita distancia que se inaugura apenas muere la tarde, aquella que muerde nuestros cuerpos desprovistos de letras al viento.
Bestia herida es este poema de carne seca.
Mi memoria carga con tus muertos y los ataúdes de tus ropas.
Los ojos son dos estanques donde las estrellas nadan como pececillos fugases.
El camino con su rostro cansado abre su mano bordeada de arbustos de matarratones florecidos.
Los rincones se lamentan en tu ausencia medianoche.
Hombre triste con su mano tibia en la sombra del estanque.
El mes de febrero siempre llega temprano.









Hugo Oquendo-Torres
Sombra de un verano
09 de Enero, 2013
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