domingo, septiembre 16, 2012

Y el verbo se hizo látex.


Jesús, en el instante que en el horizonte se desgranaba la última brasa del sol, después de la misa de seis, se bajó del madero y entró al confesionario. 
Tomó de debajo del reclinatorio su cartera de maquillaje para transformar su rostro empalidecido.
Con una banda plástica disimuló sus cojones, luego ajustó a su cuerpo depilado el pantalón dorado con lentejuelas que su madre le había confeccionado.
Se abultó sus senos con dos formas de espuma; de allí ocultando la herida de perro callejero en su costado, se ciñó al corpiño un corsé negro. 
Colgó su corona de espinas en el perchero, luego cepilló su cabellera dorada y se aplicó lápiz labial color escarlata. 
Después de ponerse sus botas altas de cuero, guardó como amuleto de suerte entre su pecho una navaja y tres condones.
Jesús levantó su mirada, lanzando un grito al cielo a garganta herida, encomendó su cuerpo al Padre y vivió. 
Ahora él, ella, mariposa púrpura que danza entre bambalinas, bajo los ojos azules de la noche desnuda, hasta las seis de la mañana, cuando acabe su jornada de piel húmeda, se llamará Samanta.
Ella con su cabellera suelta, salvaje, carriola de estrellas libres, seduce las miradas ansiosas del cáliz de su sexo, su pan y su vino.
Hoy querremos comulgar con su cuerpo excitado.
En la esquina de la avenida, cerca al semáforo, Samanta fue abordada por una camioneta blanca, allí nuevamente fue violada por el peso de la razón sacramentada.
Una y otra vez fue penetrada con el falo absolutista de la verdad heterosexuada.
Su rostro fue torturado, masacrado fue su vientre y raído desde su espalda.
Se repartieron su ropa
Y se sortearon su túnica.
La muerte ha vuelto a tener otro orgasmo.
Treinta monedas de plata cayeron sobre el tenso pavimento que era mordido por la lluvia.
Lluvia de agua-sangre se escurre entre las cloacas de la ciudad, alimentando el silencio de los ojos tenues.
Su maquillaje, serpentina de la aurora, se difuminaba por su rostro haciéndose una acuarela con su boca magullada.  Ni una sola lágrima de sus ojos de gata medialuna fue derramada, porque pudo más el coraje que la derrota de la locura.
Samanta al tercer día, después de la misa de seis, resucitará, el carnaval de su lápiz labial no se ha borrado de su boca roja. 

Hugo Oquendo-Torres
Poética del cuerpo desnudo
01 de Marzo, 2012.
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